NUESTRA SEÑORA DE LA MERCED

En el norte de mi patria existe una población adornada de paisajes que enloquecen de pasión, esa es mi tierra La Paz que antiguamente se llamaba Pialarquer, que según el historiador Carlos Emilio Grijalva quiere decir tierra del maíz.
A la llegada de los conquistadores españoles nos trajeron sus costumbres, el idioma y la religión cristiana, católica y apostólica; en tal razón llegaron hasta nuestras tierras los Padres Mercedarios y a la vez recordando que en algunos tiempos muchos cristianos gemían en las cárceles de los secuaces de Mahoma con peligro de negar la fe de Jesucristo.
Nuestra Señora de Mercedes, según piadosa creencia se apareció a San Pedro Nolasco, a San Raimundo de Peñafort y al Rey Jaime I y les ordenó la fundación de la Orden de la Merced para la redención de los cautivos. Se inauguró en la catedral de Barcelona el 10 de agosto de 1.218.
Esta fiesta de máxima categoría en Barcelona, antes privativa de la Orden Mercedaria, fue concedida a toda la iglesia por el Papa Inocencio XII, en virtud de lo cual los Padres Mercedarios cuando llegaron a nuestro terruño colocaron una cruz y una ermita con una estampita de la Virgen de Mercedes adornada con un cuadro de madera, para que sea venerada en la vera del camino, cerca de la llegada a la gruta de La Paz, por donde los caminantes agricultores pasaban a los anejos aledaños a trabajar en sus tierras para adquirir los productos que la naturaleza os prodigaba.
Más resulta un acontecimiento inaudito que al comienzo del siglo XX los frailes Mercedarios fueron expulsados de sus misiones en el gobierno de la República del Ecuador del General Eloy Alfaro Delgado, razón por la cual ya no hubo quien se preocupe de escribir nada de la Virgen de Mercedes.
Probablemente el cuadro fue trasladado al templo parroquial del poblado central de La Paz y posteriormente fue tallada la actual imagen, patrona de nuestro pueblo, lugar predilecto, donde todos los feligreses la veneramos e imploramos sus bendiciones, para que nos ayude y nos bendiga en todos nuestros ruegos y necesidades.

Por: Eugenio Cevallos Pozo – La Paz

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